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  • El dinero que deja huellas

    Blockchain, criptoactivos y el mito del anonimato perfecto Blockchain ¿Quién elegiría un libro contable público, permanente e imposible de borrar para esconder dinero? Es la paradoja de la blockchain: nació rodeada por la sospecha de anonimato, pero registra cada movimiento de valor. Los criptoactivos sí son utilizados en actividades ilícitas, como el efectivo, las cuentas bancarias y las empresas de fachada. En una blockchain pública, el dinero deja huellas. La investigación del senador Leonardo Roca sobre una dirección encontrada, según el informe, en el celular de Fernando Cerimedo demuestra esa capacidad. Del 21 de febrero al 21 de agosto de 2026, la wallet recibió 21.551 USDT, envió 22.545 USDT y realizó 224 transacciones hacia 46 destinos. Su saldo es compatible con una billetera de paso o distribución. ¿Cómo fue posible reconstruirlo? Porque cada transferencia conserva origen, destino, monto, fecha y un identificador único. Fragmentar fondos, cambiar de wallet o utilizar puentes entre redes puede complicar el recorrido, pero no elimina el registro. Las herramientas de inteligencia blockchain combinan esos datos con información de exchanges, listas de sanciones, fuentes abiertas y registros obtenidos por autoridades. La palabra clave es pseudónimo, no anónimo. Una dirección no revela el nombre de su titular, pero su historial permanece expuesto. Cuando los fondos llegan a un exchange, una cuenta verificada, un dispositivo incautado u otro contacto identificable, la investigación puede vincular la actividad on-chain con una persona o entidad. La blockchain muestra el movimiento; la evidencia externa permite atribuirlo. Esa trazabilidad tiene consecuencias prácticas: permite localizar puntos de entrada y salida, solicitar datos a intermediarios regulados, congelar activos y reconstruir rutas financieras que el efectivo jamás registraría por sí solo. El desafío no es ver las operaciones, sino interpretarlas correctamente y convertirlas en evidencia legalmente válida ante un tribunal. Los reportes confirman dos verdades. Chainalysis estima que las direcciones ilícitas recibieron al menos USD 154.000 millones en 2025, un aumento de 162%, impulsado principalmente por entidades sancionadas. Sin embargo, representaron menos del 1% del volumen cripto atribuido. TRM Labs, con una metodología diferente, calculó USD 158.000 millones y una participación de 1,2% del volumen on-chain atribuido. No corresponde mezclar ambas cifras ni minimizar su gravedad. Las estimaciones aumentan cuando aparecen direcciones ilícitas. Pero los reportes coinciden en lo esencial: el delito cripto existe y creció en términos absolutos, aunque continúa siendo una fracción minoritaria del ecosistema. Sostener que los activos digitales sirven principalmente para delinquir sería tan impreciso como afirmar que los bancos existen para lavar dinero. El caso Cerimedo también muestra el límite de la tecnología. La blockchain puede probar cuánto recibió y envió una dirección, pero no determina quién controlaba las claves privadas, cuál era el origen de los fondos o si cada transferencia era ilícita. Encontrar una dirección anotada en un teléfono es un indicio relevante; no demuestra automáticamente titularidad, control ni responsabilidad penal. Tampoco es correcto afirmar que esa wallet movió USD 132,82 millones. Según la investigación, ese volumen corresponde a otra dirección situada varios saltos después. Una conexión dentro del grafo no convierte el dinero de una contraparte en patrimonio propio. Además, sumar entradas y salidas puede contar dos veces los mismos fondos. Movimiento no significa ingreso, riqueza ni beneficio. Existen obstáculos: mixers, monedas orientadas a privacidad, puentes entre redes y operaciones internas de exchanges. Dificultan el seguimiento, pero no eliminan la posibilidad de investigar. Se necesitan especialistas, herramientas forenses, cooperación internacional, información KYC y una cadena de custodia rigurosa. Un gráfico de wallets puede generar una hipótesis; una acusación exige metodología reproducible, identificación verificable y evidencia capaz de resistir el control judicial. Bolivia necesita unidades especializadas, fiscales y peritos capacitados, acceso a plataformas de análisis on-chain, protocolos para preservar evidencia digital y cooperación con proveedores de servicios de activos virtuales. Prohibir no borra las transacciones: solo vuelve ciegas a las instituciones. La gran paradoja es que una tecnología acusada de ocultar el dinero puede convertirse en uno de los instrumentos más poderosos para seguirlo. Pero debemos usarla con rigor: ni para encubrir operaciones sospechosas ni para fabricar culpables a partir de conexiones remotas. La blockchain no sentencia. La blockchain recuerda. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • Cuando los bancos empiezan a vender gigas

    Siempre he sostenido que el mayor activo de una empresa son sus clientes, pero lamentablemente, en la provisión de servicios públicos monopólicos u oligopólicos, suele ser el recurso menos cuidado. Por eso parece extraño pensar que un banco venda gigas y líneas telefónicas, mientras una TelCo ofrece pagos, créditos y transferencias. Hasta hace poco, los bancos cuidaban el dinero y las TelCos transportaban llamadas, video y datos. Cada uno conocía su negocio y defendía su territorio. Pero ese mundo ordenado desapareció. Santander acaba de incorporar a su aplicación una eSIM con planes de datos para más de 160 países. N26 ofrece en España una línea móvil sobre la red 5G de Orange: datos, llamadas y mensajes ilimitados, portabilidad y activación desde la aplicación bancaria. Nubank creó NuCel en Brasil y superó el millón de clientes en apenas año y medio. No estamos frente a una simple diversificación comercial. Estamos frente a una disputa más profunda: quién controla la relación digital cotidiana con el cliente a través de un teléfono móvil. La empresa que logra que abramos su aplicación a diario puede vendernos casi cualquier servicio: pagos, conectividad, seguros, crédito, inversiones, entretenimiento o seguridad digital. El producto dejó de ser el centro. El centro es el cliente, sus datos y la frecuencia de contacto. Nubank entendió esta lógica sin construir antenas ni desplegar una red propia. Se convirtió en operador móvil virtual utilizando infraestructura de Claro. Nubank aporta la marca, los clientes, la experiencia digital y los pagos; Claro, la red. El resultado es una oferta que integra conectividad y servicios financieros en una misma experiencia. El caso más revelador viene de Sudáfrica. Capitec creó Capitec Connect y tiene 1,5 millones de usuarios móviles activos. Sus servicios de valor agregado y conectividad generaron 6.100 millones de rands y crecieron 38% en el último ejercicio. El segmento FinTech, que incluye su OMV, aporta el 26% de las utilidades del grupo. La telefonía dejó de ser solamente una herramienta de fidelización. Comienza a convertirse en un negocio rentable dentro del ecosistema financiero. Y las TelCos africanas muestran el camino inverso. M-Pesa ya representa cerca del 46% de los ingresos por servicios de Safaricom en Kenia. MTN MoMo cerró 2025 con 69,5 millones de usuarios activos y más de 500.000 millones de dólares transaccionados. Airtel Money supera los 54 millones de clientes y prepara su salida a la Bolsa de Londres con una valoración cercana a los 10.000 millones de dólares. No triunfaron porque decidieron “convertirse en bancos”. Triunfaron porque resolvieron problemas concretos: millones tenían teléfono móvil, pero no una forma sencilla, accesible y segura de mover su dinero. La tecnología fue el vehículo; la necesidad del cliente, el verdadero negocio. Una empresa financiera nacida dentro de una TelCo puede terminar valiendo tanto como muchas compañías de telecomunicaciones. Pero también existen fracasos. Orange Money fue extraordinariamente exitoso en África, mientras Orange Bank terminó cerrando en Francia y España. Tener millones de clientes no garantiza construir un nuevo negocio rentable. Si la propuesta no resuelve un problema mejor que los actores existentes, la diversificación solamente multiplica estructuras, costos y pérdidas. La frontera seguirá moviéndose. SpaceX inquieta a los grandes operadores estadounidenses con su intención de convertir Starlink en un verdadero servicio móvil, respaldado por miles de millones de dólares invertidos en espectro. La tecnología satelital empieza a borrar otra frontera que parecía intocable: la que separaba a las redes terrestres de la conectividad desde el espacio. La próxima amenaza para una TelCo puede venir de un banco, una FinTech, un supermercado o incluso una empresa espacial. En la economía digital las fronteras entre industrias están desapareciendo, pero no se trata de sumar productos por moda. Se trata de construir un ecosistema que haga más valiosa y difícil de reemplazar la relación con cada cliente. Porque quien controla la relación termina controlando el negocio. Los demás corren el riesgo de convertirse en simples proveedores de infraestructura. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • El trámite eterno para una FinTech

    FinTech y la burocracia de ser legal Valeria estudió ingeniería de sistemas y creó una aplicación capaz de facilitar los pagos de miles de pequeños comercios bolivianos. Presentó el prototipo en el VCILAT, convenció a dos inversionistas ángeles y está lista para comenzar. O eso cree. Antes de conseguir su primer cliente, el Estado ya le exige una colección de matrículas, códigos, certificados, credenciales y licencias. La paradoja es brutal: Bolivia quiere una economía digital, pero obliga a construirla con una burocracia analógica. Valeria abre su computadora pensando que una empresa tecnológica podrá nacer por internet, pero pronto se tropieza con la realidad: notaría, plataformas, formularios y oficinas públicas. Cada institución le pide información que ya entregó a otra, la registra otra vez y le asigna un número nuevo. No hay ventanilla única. Hay un laberinto con logotipos oficiales. Bolivia tampoco tiene una licencia única ni un registro específico para empresas FinTech. Y está bien que no todas sean tratadas igual: una desarrolladora de software financiero no representa el mismo riesgo que una billetera móvil, una plataforma de crédito, una pasarela de pagos o un proveedor de activos virtuales. El problema no es distinguirlas; es que nadie explica con claridad la ruta completa. No existe una cifra oficial única sobre cuántos trámites hacen falta. Sin embargo, al revisar las exigencias de SEPREC, Impuestos Nacionales, municipios, Ministerio de Trabajo, Caja de Salud, Gestora Pública, UIF, ASFI y Banco Central de Bolivia, la magnitud aparece sola. Una empresa tecnológica que no administra dinero ajeno debe afrontar al menos cinco pasos básicos: escritura pública, inscripción en SEPREC, NIT, licencia municipal y habilitaciones administrativas y tributarias. Si contrata personal, suma el Registro Obligatorio de Empleadores, la Caja de Salud y la Gestora Pública. Ya rondamos ocho trámites antes de hablar de innovación. El costo real no cabe en una tasa ni en un formulario: son semanas sin vender, capital inmovilizado y atención desviada del producto hacia la supervivencia administrativa. Para una startup, ese tiempo no es una molestia; puede ser la diferencia entre nacer o desaparecer. Si recibe, custodia, transfiere o administra dinero del público, el escenario cambia. Entra en el ámbito de la Ley 393 de Servicios Financieros y puede necesitar autorización y licencia de ASFI, registro ante la UIF y cumplimiento de las normas técnicas y operativas del sistema de pagos del Banco Central. Una FinTech de pagos puede sumar entre 10 y 12 trámites adicionales ante unas ocho instituciones, además de acumular siete a nueve identificadores distintos. Que nadie confunda la crítica. Regular es indispensable. Quien maneja dinero ajeno debe responder por su solvencia, seguridad, transparencia, prevención del lavado y protección del consumidor. Lo indefendible es la fragmentación: cada entidad vigila una pieza, ninguna acompaña el recorrido completo y sus sistemas no conversan. Digitalizamos formularios, pero dejamos intacta la burocracia. En el mejor de los casos solo cambiamos el documento físico por uno digital. Bolivia necesita un expediente digital único, datos interoperables, clasificación por riesgo y una ruta que diga desde el primer día qué se exige, cuánto cuesta y cuánto tarda. También necesita un sandbox regulatorio: un espacio donde las innovaciones puedan probarse bajo supervisión, con operaciones limitadas y controles proporcionales. Exigir a una startup experimental la misma estructura que a una entidad consolidada, cuando no representan el mismo riesgo, no protege al ciudadano: protege al trámite. Mientras pronunciamos discursos sobre inversión, empleo y modernización financiera, forzamos al emprendedor a gastar sus primeros meses descifrando los tramites eternos de un Estado ineficiente e ineficaz. Valeria quizá consiga sociabogados, contadores y paciencia. Otros se irán, operarán desde otro país o jamás intentarán formalizarse. La innovación no siempre muere por falta de talento o capital. En Bolivia, demasiadas veces muere esperando el siguiente sello, aunque ahora sea digital. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • Tu próximo compañero de trabajo podría no ser humano

    Agentes de IA Imagine llegar a la oficina y descubrir que durante la noche alguien revisó los correos pendientes, analizó varias propuestas comerciales, detectó riesgos contractuales y preparó un informe para la reunión de directorio. No fue un empleado trabajando horas extras. Fue un equipo de agentes autónomos de inteligencia artificial (IAA). Esta escena todavía parece futurista, pero anticipa una transformación que muchas organizaciones no están viendo. Los agentes autónomos de IA no solo automatizarán tareas: comenzarán a ocupar funciones dentro de los procesos empresariales. Y eso cambiará el organigrama. Durante décadas, las empresas organizaron el trabajo agrupando personas en departamentos: Finanzas calcula, Jurídica revisa, Comercial negocia y Gerencia decide. La coordinación ocurre mediante correos, reuniones, formularios y documentos que circulan de un escritorio a otro. Ahora comienza a surgir otra posibilidad. Un agente autónomo de IA puede investigar los antecedentes de un cliente; otro, analizar costos; un tercero, identificar riesgos legales; y un coordinador digital integrar los resultados para presentarlos al responsable humano. No hablamos de reemplazar automáticamente a todo un departamento. Hablamos de construir una nueva división del trabajo en la que personas y agentes colaborarán dentro del mismo proceso. Pero existe una trampa. Muchas organizaciones están colocando inteligencia artificial sobre procedimientos mal diseñados: autorizaciones duplicadas, bases de datos incompletas, formularios innecesarios y responsabilidades que nadie termina de asumir. La tecnología no eliminará ese desorden. Lo ejecutará más rápido. Por eso, incorporar agentes exige algo más complejo que contratar una plataforma. Obliga a decidir qué función tendrá cada uno, qué información podrá recordar, qué sistemas podrá utilizar y hasta dónde podrá actuar sin autorización. También obliga a responder una pregunta que suele evitarse: si un agente se equivoca, ¿quién será responsable? La empresa no podrá justificarse diciendo que “lo decidió la inteligencia artificial”. Toda acción sensible —un pago, un contrato, una contratación o una decisión sobre un cliente— deberá conservar permisos, registros y responsables humanos claramente identificados. El cambio también llegará a los trabajadores. Muchos dejarán de ejecutar tareas repetitivas y comenzarán a supervisar procesos digitales. Saber dirigir agentes, evaluar sus resultados y corregir sus errores será una competencia profesional tan importante como hoy lo es utilizar una computadora. Algunos puestos desaparecerán. Otros se transformarán. Y aparecerán funciones que todavía no figuran en ningún manual de cargos. El organigrama del futuro, por tanto, no estará compuesto solamente por gerencias, departamentos y personas. También incluirá agentes autónomos de IA, niveles de autonomía y puntos de control humano. La ventaja no pertenecerá necesariamente a la empresa que use más inteligencia artificial o más agentes autónomos, sino a la que aprenda a combinar mejor el criterio humano con la capacidad de ejecución digital. Porque el verdadero desafío no será contratar agentes autónomos que nunca duermen. Será evitar que las organizaciones dejen de pensar cuando comiencen a utilizarlos. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • La mentira del dólar barato y las FinTech’s

    Devaluación Durante años Bolivia sostuvo una ficción cómoda: que el dólar oficial era el precio real de la economía. No lo era. Era una consigna con membrete, una mentira administrada desde el poder y repetida con disciplina burocrática. La realidad, como siempre, cobró intereses. Cuando el dólar empezó a faltar, apareció el precio verdadero: el de la calle, el de los chats, el de las casas de cambio informales, el de las importaciones frenadas y el de los ahorros familiares puestos bajo sospecha. Esa grieta cambiaria no solo encareció la vida. También expuso una verdad incómoda: el sistema financiero tradicional funciona bien mientras nadie entra en pánico. Cuando la gente necesitó pagar, cobrar, mover dinero y proteger valor con urgencia, descubrió que muchas respuestas no estaban en la ventanilla ni en el discurso oficial, sino en el teléfono. Ahí las FinTech encontraron su momento. No por genialidad colectiva ni por súbita vocación moderna del país, sino porque la crisis hizo el trabajo que el Estado y la banca no hicieron a tiempo: obligar a la gente a cambiar de hábitos. Cuando el efectivo escasea, cuando conseguir dólares parece un favor, cuando una transferencia tarda más que una decisión de compra, la paciencia se termina y la innovación deja de ser elegante: se vuelve necesidad. Por eso crecieron los pagos QR, las billeteras móviles, las remesas digitales, los servicios financieros alternativos y el interés por activos digitales. No fue una campaña de transformación digital. Fue una estampida silenciosa. La adopción no nació del entusiasmo; nació del cansancio. Los números son difíciles de maquillar: las operaciones con billetera móvil pasaron de Bs 3.313 millones en 2021 a más de Bs 71.000 millones en 2025, mientras los pagos por QR multiplicaron su valor en pocos años. Ese salto no suena a moda. Suena a una sociedad construyendo atajos porque las autopistas institucionales están llenas de peajes, demoras y negación. La inclusión financiera, esa frase tan útil para presentaciones y paneles, llegó por la vía menos glamorosa: la urgencia. Llegó cuando el comerciante aceptó QR para no perder una venta, cuando el profesional que cobra del exterior buscó mejores canales, cuando la familia que recibe remesas empezó a comparar comisiones y tipo de cambio, y cuando la informalidad entendió que digitalizarse podía ser una forma de sobrevivir. Pero conviene no caer en el autoengaño tecnológico. Una FinTech puede reducir fricción, acelerar pagos y mejorar experiencia. No puede fabricar dólares, corregir una política monetaria fallida ni reconstruir por sí sola la confianza destruida durante años de simulación. La tecnología puede ponerle interfaz bonita al problema; no puede tapar el hueco macroeconómico. Ese es el punto que incomoda: el boom FinTech boliviano es real, pero no nació de una economía sana. Nació de una falla. Y si esa energía no se ordena con reglas claras, interoperabilidad, competencia, protección al usuario y estabilidad macroeconómica, el país terminará celebrando aplicaciones brillantes sobre una estructura podrida. Bolivia no necesita solo más apps ni más comunicados celebrando modernidad. Necesita un gobierno que deje de mentir con los precios, reguladores que no asfixien la innovación, bancos que abran infraestructura y FinTech que entiendan que crecer rápido no los exime de ser seguros, transparentes y responsables. La lección es brutal: cuando el Estado niega la realidad, la sociedad inventa sus propios mecanismos para sobrevivirla. A veces son informales. A veces son digitales. A veces son ambas cosas. Lo que no son es casualidad. El boom FinTech no nació porque Bolivia miró al futuro. Nació porque el presente se volvió insoportable. La tecnología fue el vehículo, la escasez fue el combustible y la mentira cambiaria, por más que se maquille de estabilidad, fue la partera. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • El antídoto contra nuestro miedo más moderno

    FOBO Ya no nos preocupa quedarnos fuera de la conversación, del evento de moda o de la última tendencia en redes sociales. Esa vieja angustia que bautizamos como FOMO (Fear of Missing Out) parece un lujo superficial del pasado. Hoy, en los pasillos de las universidades y en las mesas de café, la pregunta de los jóvenes ya no es qué carrera ofrece el mejor futuro, sino cuál será la última en ser devorada por los algoritmos. Hemos entrado oficialmente en la era del FOBO (Fear of Becoming Obsolete): el miedo crónico a volvernos obsoletos. Ya no tememos perdernos una experiencia; tememos quedarnos fuera del futuro. La inteligencia artificial avanza a una velocidad que desafía nuestra capacidad de asimilación. Lo que comenzó como asistentes conversacionales capaces de responder preguntas se ha transformado en agentes autónomos complejos. Hoy programan, redactan informes, analizan contratos, gestionan campañas de marketing y ejecutan procesos completos con mínima supervisión humana. Por primera vez en la historia moderna, una generación toma decisiones académicas sabiendo que el mercado laboral podría cambiar por completo antes de que reciban su título universitario. Durante la Revolución Industrial, el pánico colectivo nacía del reemplazo del trabajo físico por las máquinas. Hoy, la amenaza apunta directamente al corazón del trabajo intelectual. La diferencia crucial es el tiempo: esta transición ocurre a un ritmo exponencialmente mayor que cualquier otra revolución tecnológica precedente. Para muchas corporaciones, este dilema dejó de ser un debate de ciencia ficción. Diversas organizaciones ya reducen estructuras administrativas y equipos de atención al cliente tras incorporar soluciones de IA. Tareas que antes demandaban decenas de profesionales ahora quedan en manos de un pequeño grupo apoyado por agentes inteligentes que operan las veinticuatro horas, no toman vacaciones y trabajan a una fracción del costo. Ante este panorama, el verdadero riesgo no es la desaparición absoluta del empleo, sino nuestra obstinación en aferrarnos a habilidades que han dejado de generar valor. Es aquí donde el FOBO debe dejar de ser una fuerza paralizante para convertirse en una señal de alerta constructiva. La parálisis conduce a la resistencia inútil; la alerta estimula la evolución. Las organizaciones y profesionales más valiosos del mañana no serán aquellos que intenten competir contra las máquinas, sino quienes dominen el arte de colaborar con ellas. La creatividad disruptiva, el pensamiento crítico, la empatía profunda, la negociación de alto nivel y la visión estratégica siguen siendo territorios exclusivamente humanos. La IA procesa información a niveles sobrehumanos, pero todavía carece de la capacidad de comprender el contexto real del mundo. La pregunta correcta para el profesional moderno ya no es qué estudiar para evitar ser reemplazado. La interrogante urgente es qué habilidades cultivar para seguir siendo relevantes en un ecosistema donde la inteligencia artificial cruzará de forma transversal cada aspecto de nuestras vidas. El futuro no pertenecerá a quienes ignoren la tecnología ni a quienes dependan completamente y deleguen su criterio en ella. Pertenecerá a quienes aprendan a evolucionar junto con ella. Esa metamorfosis es, en definitiva, el único antídoto real contra la obsolescencia. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • El unicornio de una sola persona

    Unicornio con IA La idea de construir una empresa tecnológica valuada en más de mil millones de dólares parecía reservada para ejércitos de ingenieros, oficinas gigantes y rondas infinitas de inversión. Pero la inteligencia artificial está cambiando esa lógica y ya no suena descabellado imaginar un nuevo unicornio operado prácticamente por una sola persona. La idea ha sido impulsada por figuras como Sam Altman, quien afirmó que probablemente veremos “empresas de una sola persona valuadas en mil millones de dólares” gracias a la IA generativa. También inversionistas como Naval Ravikant han defendido durante años que la tecnología amplifica el poder individual y permite que pequeñas estructuras compitan con corporaciones completas. Un agente de IA no es solo un chatbot. Es un sistema capaz de ejecutar tareas completas: programar, responder clientes, analizar datos, generar campañas de marketing, administrar infraestructura y hasta coordinar otros agentes. En la práctica, funcionan como empleados digitales especializados que trabajan 24 horas al día. Eso altera una de las reglas históricas del negocio tecnológico: para crecer había que contratar más gente. Ahora, un fundador puede apoyarse en una red de agentes que multiplica su capacidad operativa sin aumentar la estructura humana. Ya existen señales claras de este cambio. Empresas de software con equipos mínimos generan millones de dólares anuales gracias a la automatización. Herramientas como OpenAI, Anthropic y GitHub permiten que una sola persona programe, diseñe, documente y despliegue productos a velocidades impensables hace cinco años. También empiezan a aparecer compañías construidas casi por completo por fundadores individuales. Un ejemplo es Photo AI, creada por el emprendedor Pieter Levels. Otro caso es Nomad List, también desarrollada prácticamente por una sola persona. En el ecosistema de software independiente aparecen más ejemplos. Muchos desarrolladores crean productos SaaS con ingresos recurrentes de millones de dólares usando asistentes de programación, sistemas automáticos de soporte y marketing basado en IA. Plataformas como Shopify o Stripe ya habían reducido la necesidad de infraestructura. La IA ahora reduce incluso la necesidad de equipos completos. Imaginemos el siguiente paso. Una persona crea una plataforma de software. Un agente escribe código, otro monitorea errores, otro responde soporte técnico y otro optimiza publicidad en tiempo real. El fundador toma decisiones estratégicas mientras la operación diaria corre casi sola. Si el producto encuentra mercado, la empresa puede escalar rápidamente sin la fricción típica del crecimiento tradicional. Las startups suelen morir por costos operativos altos antes de alcanzar rentabilidad. Una compañía manejada principalmente por IA reduce salarios, oficinas y capas administrativas. Eso permite crecer con menos capital y mantener márgenes mucho más altos. Los inversionistas ya empiezan a mirar este modelo con interés porque promete algo raro en tecnología: eficiencia extrema. Pero convertir eso en un unicornio real todavía enfrenta obstáculos importantes. El primero es la confianza. Muchas empresas dependen de relaciones humanas para vender, negociar o cerrar alianzas. Los clientes todavía quieren saber que detrás del producto hay personas responsables. La IA puede automatizar mucho, pero la reputación sigue siendo profundamente humana. El segundo problema es la complejidad. Coordinar decenas de agentes autónomos no es tan simple como parece. Los errores se multiplican rápido cuando los sistemas toman decisiones en cadena. Una mala automatización en soporte, seguridad o finanzas puede destruir credibilidad en horas. Aun así, la tendencia parece inevitable. Cada avance en IA reduce la necesidad de mano de obra para tareas digitales. Probablemente, el primer unicornio de una sola persona no tendrá miles de empleados ni oficinas gigantes. Será una empresa silenciosa, automatizada y altamente rentable. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • La tokenización a través de una S.R.L.

    Tokenización de activos Bolivia ha dejado de ser un espectador pasivo en la economía digital, tras el reconocimiento de los activos virtuales en la normativa nacional que nos sitúa frente a una oportunidad histórica: democratizar la inversión mediante la tokenización de activos reales. ¿Cómo aterrizamos esta tecnología a nuestra realidad jurídica sin caer en el vacío legal? La respuesta está en evolucionar las figuras que ya conocemos, específicamente la Sociedad de Responsabilidad Limitada (S.R.L.). El Código de Comercio establece que el capital de las S.R.L. se divide en cuotas de capital. A diferencia de las acciones de una sociedad anónima, estas cuotas no son títulos valores, pero representan un derecho de participación que puede ser vinculado a un token digital para representar propiedad o derechos económicos. El desafío —y la clave de la ingeniería jurídica— reside en utilizar la blockchain no para reemplazar al registro público, sino para dinamizarlo. La tokenización permite transformar activos tradicionalmente ilíquidos en fracciones digitales transables. Veamos dos escenarios que hoy ya son posibles bajo nuestra legislación: Inmueble democratizado: Imaginemos un edificio en Cochabamba valorado en un millón de dólares. Tradicionalmente, solo unos pocos inversores podrían participar. Mediante una S.R.L. tokenizada, la empresa puede emitir tokens que representan fracciones de los derechos económicos derivados de las cuotas de capital. Así, un ciudadano puede invertir montos menores y recibir automáticamente su parte proporcional de los alquileres mediante un smart contract (contrato inteligente), sin necesidad de trámites notariales por cada transferencia de beneficio. Startups y capital de riesgo: Para los emprendedores tecnológicos en Bolivia, levantar capital es un calvario burocrático. Una startup puede tokenizar sus cuotas de capital para atraer «angel investors» globales. En lugar de complejos contratos de inversión que duermen en carpetas, el inversor recibe tokens que representan su participación futura o sus derechos sobre el éxito de la empresa. Esto permite que el talento boliviano reciba financiamiento con la agilidad que el ecosistema global exige, pero con el respaldo de una sociedad constituida legalmente en el país. Para que este modelo sea sólido y oponible ante terceros, la arquitectura jurídica necesita tres condiciones mínimas que hoy son construibles dentro del marco legal boliviano: Constitución con propósito tecnológico: Las nuevas S.R.L. deben inscribirse en el SEPREC con un objeto social que incluya explícitamente la administración de activos digitales y servicios tecnológicos. El Protocolo de Enlace: Es fundamental elevar a escritura pública un reglamento de emisión donde la sociedad vincula sus derechos económicos a una emisión de tokens en una blockchain específica. El token actúa como un certificado digital de derechos. Gobernanza programable: La Ley 164 – Ley General de Telecomunicaciones, Tecnologías de Información y Comunicación – ya otorga validez a los documentos y firmas digitales, para que la distribución de utilidades se gestione de forma automatizada, eliminando esa burocracia que solo añade fricción y costos. La tokenización no es una invitación a la anarquía financiera. Requiere un cumplimiento estricto de las normativas de la ASFI y la UIF para la identificación de beneficiarios finales (KYC). No buscamos el anonimato, buscamos la eficiencia y la transparencia que la inmutabilidad de la blockchain ofrece. Bolivia está lista para transitar de una economía de sellos de goma a una de algoritmos de confianza. Tokenizar una S.R.L. es, en esencia, permitir que el capital boliviano se movilice a la velocidad del bit, manteniendo los pies firmes sobre la seguridad jurídica. La pregunta no es si es posible. Es quien lo hace primero. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews

  • WhatsApp as a Service: ¿El fin de la inflación de aplicaciones?

    Whastapp as a Service Durante años, las empresas latinoamericanas resolvieron sus problemas comprando una nueva app para cada cosa. Una para vender. Otra para agendar. Otra para soporte. Otra para cobrar. Otra para seguir clientes. Otra para mandar recordatorios. El resultado ha sido una inflación de software: más licencias, más paneles, más contraseñas, más capacitación y, muchas veces, más fricción que productividad. Hace poco, el video “WhatsApp Is Eating Up SaaS” planteaba una tesis provocadora pero plausible: en América Latina, mucho software “ligero” no necesitará existir como app independiente; podrá vivir dentro de WhatsApp, con agentes de IA al frente y APIs, workflows y sistemas empresariales detrás. La razón no es filosófica. Es práctica. WhatsApp ya es la interfaz más familiar para millones de personas, y en Sudamérica sigue siendo la red de mensajería dominante. Además, América Latina es cada vez más móvil: Reuters reportó que el 84% de las compras de e-commerce en la región ya se hacen desde smartphones. Si el usuario ya está en el teléfono, ya usa WhatsApp y ya conversa allí con su familia, su comercio y su banco, obligarlo a descargar otra app para tareas simples empieza a parecer un error de diseño, no una estrategia digital. Aquí entran los agentes de IA. Conviene explicarlo sin humo. Un agente no es solo un chatbot que contesta preguntas. Es un sistema que entiende una intención, consulta información, usa herramientas y ejecuta acciones. Si a eso se le suma un LLM —el motor que entiende lenguaje— y un esquema RAG —que le permite consultar documentos y datos reales antes de responder— el resultado ya no es solo una conversación simpática. Es una interfaz operativa. El usuario pregunta por stock, fecha de entrega, pago atrasado, cambio de reserva o estado del pedido, y el agente responde porque está conectado al backend real del negocio. Eso cambia la pregunta estratégica. Antes la pregunta era: “¿Qué software debemos comprar o construir?”. Ahora empieza a ser otra: “¿Qué trabajos del cliente pueden resolverse en el canal donde el cliente ya vive?”. Para soporte, ventas, reservas, educación, cobranzas, seguimiento y comercio conversacional, la respuesta muchas veces será WhatsApp. No es teoría. Empresas como Kapso, Wati, Interakt, Yalo, Adereso y Tiendanube ya están montando distintas versiones de esa apuesta: usar WhatsApp como puerta de entrada y dejar la complejidad en APIs, CRMs, inventarios, pagos y workflows detrás del telón. Ahora bien, decir que WhatsApp se va a “comer” al SaaS no significa que todo SaaS va a desaparecer. Eso sería una exageración. Un ERP, una herramienta financiera compleja o un sistema de analítica profunda no caben completos dentro de un chat. Lo que sí está en riesgo es una gran capa de software de superficie: productos cuyo valor principal era ofrecer un formulario, una bandeja, una secuencia de mensajes o una interfaz sencilla para procesos repetitivos. Ese valor se puede comprimir drásticamente cuando la interfaz deja de ser una app y pasa a ser una conversación. El nuevo valor se mueve al backend: integración, datos, trazabilidad, compliance y diseño de procesos. Pero hay una advertencia seria. Si el futuro del negocio pasa por WhatsApp, también pasa por las reglas de Meta. Y Meta ya demostró que puede mover el arco. Sus cambios de política empujaron fuera del canal a chatbots de propósito general como ChatGPT y Copilot a partir de enero de 2026, mientras Europa le exige mantener condiciones de competencia más abiertas. Dicho brutalmente: si tu empresa construye sobre un canal ajeno, ese canal también puede capturar el valor, cambiar el precio o cerrarte la puerta. A eso se suma la cuestión de privacidad, seguridad y regulación, cada vez más dura en mercados como Brasil. La conclusión no es rechazar WhatsApp. Es usarlo con inteligencia. En América Latina, la ventaja no estará en construir otra app que nadie quiere aprender. Estará en rediseñar servicios para el canal que la gente ya usa todos los días. El software no está desapareciendo; simplemente se está volviendo invisible. Y en ese nuevo escenario, la victoria no será de quien despliegue más pantallas, sino de quien mejor conecte la conversación, los datos y la ejecución real. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • El Estado con Alzheimer: ¿Por qué nos piden lo que ya saben?

    Estado con Alzheimer ¿Cuántas veces nos hemos sentido como simples mensajeros al servicio de una burocracia ciega? Es una escena cotidiana y frustrante: ciudadanos deambulando de una oficina a otra, cargando fólderes amarillos, sacando fotocopias de documentos que el propio Estado emitió y entregando, una y otra vez, información que ya reside en alguna base de datos oficial. Esta práctica no es solo una ineficiencia administrativa; es una injusticia profunda que traslada al individuo la carga de la descoordinación institucional. En Bolivia, hemos naturalizado el rol del «middleware humano». Somos nosotros quienes, con nuestro tiempo y dinero, compensamos la incapacidad técnica y política del Estado para compartir información internamente. Eliminar esta figura no es simplemente una mejora en la gestión; es un acto de dignidad pública. Es el reconocimiento definitivo de que el tiempo del ciudadano es sagrado, que la información pública debe fluir y que el Estado, por fin, debe hacerse responsable de su propia memoria institucional. El diagnóstico es claro: el problema no radica en la falta de portales web o aplicaciones móviles. El verdadero cuello de botella es la ausencia de una interoperabilidad real. Sin ella, la digitalización se reduce a un barniz cosmético. Lo que vemos hoy son formularios en línea que replican la lógica analógica, sistemas aislados que no se hablan entre sí y oficinas que operan como feudos autónomos. El resultado es un espejismo: un Estado digitalizado en apariencia, pero profundamente arcaico en su funcionamiento interno. La interoperabilidad no es un concepto técnico reservado para ingenieros de sistemas. Es la capacidad política y administrativa del Estado para intercambiar, interpretar y reutilizar datos de forma automática y segura. En términos prácticos, significa que, si una institución necesita mi identidad, mi estado civil o mi historial académico, debe consultarlo directamente con la fuente oficial (SEGIP, Registro Civil o Universidades) en lugar de obligarme a llevar un papel sellado que certifique lo que el Estado ya sabe. En el escenario global, países como Estonia han marcado el norte con el principio de «solo una vez» (once-only principle): ninguna entidad pública puede solicitar al ciudadano un dato que ya esté en manos del Estado. Dinamarca ha ido más allá, implementando servicios que se activan automáticamente ante eventos de vida, como el nacimiento de un hijo o la jubilación, eliminando el trámite como concepto. El impacto de esto no es solo métrico; es un generador masivo de confianza institucional. Sin embargo, en nuestra región solemos cometer el error de detenernos en la primera etapa de la transformación digital. Digitalizar un trámite burocrático sin rediseñar el proceso ni interoperar los datos solo traslada la fricción a la pantalla. El ciudadano sigue siendo el integrador del sistema, solo que ahora sufre el error del sistema desde su casa en lugar de hacerlo en una fila física. La burocracia digital, si no es interoperable, es igual de asfixiante que la de papel. El impacto de este cambio es también económico y fiscal. La reducción de la redundancia administrativa libera recursos y aumenta la productividad nacional al devolverle millones de horas hombre a la sociedad civil. Pero el efecto más transformador es cultural. La interoperabilidad redefine el contrato social: pasamos de un Estado que sospecha del ciudadano y le exige pruebas constantes de su existencia, a un sistema inteligente que se pone al servicio de las personas. La verdadera transformación digital no ocurre cuando instalamos redes de alta velocidad o compramos servidores de última generación. Ocurre cuando el ciudadano deja de cargar papeles —sean físicos o archivos PDF adjuntos— para que el engranaje estatal funcione. Mientras no logremos que las instituciones aprendan a escucharse entre sí y a compartir la información que les confiamos, la tecnología seguirá siendo un barniz caro sobre una burocracia que se niega a evolucionar. Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad y deje de usar al ciudadano como su mensajero gratuito. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews

  • El tiempo de los agentes autónomos de inteligencia artificial

    Agentes Autónomos de Inteligencia Artificial Hace no mucho, la inteligencia artificial era, sobre todo, una herramienta de consulta. Uno le hacía una pregunta y la máquina respondía. Útil, sí. Impresionante, también. Pero limitada. Hoy estamos entrando en una nueva etapa: la de los agentes autónomos, sistemas capaces no solo de responder, sino de actuar. Y plataformas como OpenClaw están acelerando esa transición. La diferencia parece sutil, pero no lo es. Un modelo tradicional de IA puede redactar un correo, resumir un documento o sugerir ideas. Un agente autónomo, en cambio, puede abrir el correo, leer mensajes, clasificar prioridades, redactar respuestas, agendar reuniones, actualizar un CRM y ejecutar tareas sin que una persona tenga que ir paso por paso. Ya no hablamos solo de “preguntar”; hablamos de delegar trabajo. Ese salto es enorme. Y probablemente sea una de las transformaciones más importantes que estamos subestimando. OpenClaw representa justamente esa nueva capa tecnológica: una arquitectura abierta que permite conectar modelos de IA con herramientas reales como navegadores, aplicaciones, archivos, flujos de trabajo, sistemas empresariales y canales de mensajería. En términos simples, convierte a la IA en algo más parecido a un asistente operativo que a un simple chatbot. Esto es lo que hace que esta tecnología sea una revolución dentro de la revolución. La primera revolución de la IA generativa fue permitir que una máquina escriba, analice, traduzca o cree contenido. La segunda, que apenas comienza, es permitir que esa misma máquina ejecute procesos completos. Y ahí cambia todo. Porque el verdadero cuello de botella en empresas, gobiernos y organizaciones no suele ser la falta de información. El problema es la fricción operativa: demasiados pasos, demasiadas aplicaciones, demasiadas tareas repetitivas y demasiada dependencia humana para hacer cosas que ya deberían estar automatizadas. Pensemos en algo cotidiano. Hoy, vender un inmueble, atender un reclamo, procesar un trámite o dar seguimiento a un cliente implica abrir varias plataformas, copiar datos, responder mensajes, revisar documentos y coordinar acciones. Es un trabajo fragmentado. Un agente autónomo bien configurado puede unir todo eso en un solo flujo y operar como un “trabajador digital” que no se cansa, no se distrae y está disponible 24/7. Por eso esta tecnología no impactará solo a empresas tecnológicas. También transformará sectores tradicionalmente lentos o manuales como el inmobiliario, la salud, la educación, el comercio, la banca, el sector público y, por supuesto, las telecomunicaciones. En Bolivia, el potencial es enorme precisamente porque gran parte de nuestra economía todavía funciona con baja digitalización real. Tenemos mucha dependencia de WhatsApp, documentos sueltos, procesos manuales y atención poco estructurada. Eso significa que el espacio para mejorar productividad con agentes autónomos es gigantesco. Pero aquí conviene ser honestos: esta tecnología no es magia y tampoco es inocua. Un agente autónomo mal diseñado puede cometer errores, acceder a información sensible, ejecutar acciones indebidas o tomar decisiones fuera de contexto. La pregunta ya no es solo “¿qué puede hacer la IA?”, sino “qué se le debe permitir hacer y bajo qué supervisión”. Ese será uno de los grandes debates de los próximos años: gobernanza, seguridad y responsabilidad. Porque cuando una IA deja de ser un “asistente que sugiere” y se convierte en un “agente que actúa”, el nivel de riesgo cambia por completo. Aun así, el sentido de la historia parece claro. Así como internet conectó información y los smartphones conectaron servicios, los agentes autónomos están empezando a conectar acciones. Tal vez el mayor desafío no sea tecnológico, sino cultural. Delegar trabajo real a una inteligencia artificial implica repensar el control, la responsabilidad y la forma en que entendemos la productividad. Las organizaciones que comiencen hoy ese cambio —con cautela, pero sin miedo— estarán mejor preparadas para un futuro donde la ventaja no será pensar más rápido, sino ejecutar mejor. Porque la inteligencia artificial del mañana no solo responderá preguntas: hará que las cosas pasen. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • Blockchain y Smart Contracts: El fin del trámite eterno

    Smart Contracts Hay una escena que cualquier latinoamericano conoce bien. Para hacer un trámite público hay que llenar formularios, presentar fotocopias, sacar certificados, volver a la institución porque falta un sello y, muchas veces, empezar de nuevo porque el sistema “no reconoce” algún documento que el propio Estado emitió. No es mala suerte ni ineficiencia aislada. Es un modelo. El tiempo del ciudadano se consume en filas, ventanillas y procesos que parecen diseñados para no terminar nunca.   Detrás de esa experiencia cotidiana hay una lógica muy antigua. La burocracia nació para administrar información escasa y generar confianza en un mundo analógico. Durante siglos funcionó así. El problema es que seguimos usando esa lógica cuando la información ya no es escasa y la tecnología permite verificarla en segundos. La pregunta incómoda no es si el Estado puede modernizarse, sino por qué no lo hace .   Blockchain y los smart contracts obligan a replantear el funcionamiento del Estado desde la raíz. No se trata de poner trámites en línea ni de digitalizar formularios en PDF. Se trata de abandonar un sistema basado en la verificación permanente y reemplazarlo por reglas digitales que se ejecutan automáticamente.   Hoy gran parte de la burocracia existe porque las instituciones no confían entre sí. Cada entidad guarda su propio registro y exige al ciudadano que pruebe, una y otra vez, lo que el Estado ya sabe —o debería saber—. El ciudadano no es el beneficiario del sistema: es el mensajero.   Blockchain cambia esa lógica. Es una base de datos compartida, distribuida y prácticamente inalterable. La confianza ya no depende de una oficina, un funcionario o un sello, sino de un registro verificable por múltiples actores al mismo tiempo. No es ideología. Es arquitectura digital.   Sobre esa base operan los smart contracts . No son contratos legales tradicionales, sino programas que ejecutan automáticamente una acción cuando se cumple una condición. Si ocurre X, se ejecuta Y . Sin llamadas, sin discrecionalidad, sin “vuelva mañana”. La decisión humana no desaparece, pero se traslada al diseño de la regla, no a su aplicación cotidiana.   Aquí está lo verdaderamente disruptivo. Cuando registros confiables se combinan con reglas automáticas, muchos trámites dejan de existir: la propiedad se transfiere sin intermediarios innecesarios, los títulos se validan en segundos, los pagos públicos se liberan solo cuando una obra cumple condiciones verificables. El funcionario deja de autorizar y pasa a diseñar reglas.   Esto no es ciencia ficción. Países como Estonia y Georgia ya usan estas tecnologías para reducir burocracia, aumentar transparencia y fortalecer la seguridad jurídica. No porque sean tecnológicamente sofisticados, sino porque entendieron algo clave: la confianza institucional no se declama, se diseña .   Estonia ha construido uno de los sistemas de gobierno digital más avanzados del mundo, donde la mayoría de los servicios públicos pueden realizarse en línea y la información del ciudadano se reutiliza entre instituciones. Georgia, por su parte, ha utilizado tecnología blockchain para proteger su registro de tierras, reduciendo disputas sobre propiedad y aumentando la seguridad jurídica.   Entonces, ¿por qué seguimos atrapados en el trámite eterno? Porque el problema ya no es técnico. Es cultural y político. Durante décadas construimos instituciones basadas en la desconfianza, con controles duplicados y procesos pensados para evitar abusos, aun a costa de paralizar al ciudadano.   Blockchain propone otra cosa: sistemas donde las reglas son claras, la información es verificable y la arbitrariedad se reduce por diseño. La tecnología ya está disponible. Lo que falta no es capacidad, es decisión.   La pregunta final es inevitable: ¿estamos dispuestos a eliminar la burocracia que conocemos, o preferimos seguir defendiendo un sistema que obliga al ciudadano a demostrar, una y otra vez, lo que el Estado ya debería saber? Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

Gamal Serhan

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