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  • El unicornio de una sola persona

    Unicornio con IA La idea de construir una empresa tecnológica valuada en más de mil millones de dólares parecía reservada para ejércitos de ingenieros, oficinas gigantes y rondas infinitas de inversión. Pero la inteligencia artificial está cambiando esa lógica y ya no suena descabellado imaginar un nuevo unicornio operado prácticamente por una sola persona. La idea ha sido impulsada por figuras como Sam Altman, quien afirmó que probablemente veremos “empresas de una sola persona valuadas en mil millones de dólares” gracias a la IA generativa. También inversionistas como Naval Ravikant han defendido durante años que la tecnología amplifica el poder individual y permite que pequeñas estructuras compitan con corporaciones completas. Un agente de IA no es solo un chatbot. Es un sistema capaz de ejecutar tareas completas: programar, responder clientes, analizar datos, generar campañas de marketing, administrar infraestructura y hasta coordinar otros agentes. En la práctica, funcionan como empleados digitales especializados que trabajan 24 horas al día. Eso altera una de las reglas históricas del negocio tecnológico: para crecer había que contratar más gente. Ahora, un fundador puede apoyarse en una red de agentes que multiplica su capacidad operativa sin aumentar la estructura humana. Ya existen señales claras de este cambio. Empresas de software con equipos mínimos generan millones de dólares anuales gracias a la automatización. Herramientas como OpenAI, Anthropic y GitHub permiten que una sola persona programe, diseñe, documente y despliegue productos a velocidades impensables hace cinco años. También empiezan a aparecer compañías construidas casi por completo por fundadores individuales. Un ejemplo es Photo AI, creada por el emprendedor Pieter Levels. Otro caso es Nomad List, también desarrollada prácticamente por una sola persona. En el ecosistema de software independiente aparecen más ejemplos. Muchos desarrolladores crean productos SaaS con ingresos recurrentes de millones de dólares usando asistentes de programación, sistemas automáticos de soporte y marketing basado en IA. Plataformas como Shopify o Stripe ya habían reducido la necesidad de infraestructura. La IA ahora reduce incluso la necesidad de equipos completos. Imaginemos el siguiente paso. Una persona crea una plataforma de software. Un agente escribe código, otro monitorea errores, otro responde soporte técnico y otro optimiza publicidad en tiempo real. El fundador toma decisiones estratégicas mientras la operación diaria corre casi sola. Si el producto encuentra mercado, la empresa puede escalar rápidamente sin la fricción típica del crecimiento tradicional. Las startups suelen morir por costos operativos altos antes de alcanzar rentabilidad. Una compañía manejada principalmente por IA reduce salarios, oficinas y capas administrativas. Eso permite crecer con menos capital y mantener márgenes mucho más altos. Los inversionistas ya empiezan a mirar este modelo con interés porque promete algo raro en tecnología: eficiencia extrema. Pero convertir eso en un unicornio real todavía enfrenta obstáculos importantes. El primero es la confianza. Muchas empresas dependen de relaciones humanas para vender, negociar o cerrar alianzas. Los clientes todavía quieren saber que detrás del producto hay personas responsables. La IA puede automatizar mucho, pero la reputación sigue siendo profundamente humana. El segundo problema es la complejidad. Coordinar decenas de agentes autónomos no es tan simple como parece. Los errores se multiplican rápido cuando los sistemas toman decisiones en cadena. Una mala automatización en soporte, seguridad o finanzas puede destruir credibilidad en horas. Aun así, la tendencia parece inevitable. Cada avance en IA reduce la necesidad de mano de obra para tareas digitales. Probablemente, el primer unicornio de una sola persona no tendrá miles de empleados ni oficinas gigantes. Será una empresa silenciosa, automatizada y altamente rentable. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • La tokenización a través de una S.R.L.

    Tokenización de activos Bolivia ha dejado de ser un espectador pasivo en la economía digital, tras el reconocimiento de los activos virtuales en la normativa nacional que nos sitúa frente a una oportunidad histórica: democratizar la inversión mediante la tokenización de activos reales. ¿Cómo aterrizamos esta tecnología a nuestra realidad jurídica sin caer en el vacío legal? La respuesta está en evolucionar las figuras que ya conocemos, específicamente la Sociedad de Responsabilidad Limitada (S.R.L.). El Código de Comercio establece que el capital de las S.R.L. se divide en cuotas de capital. A diferencia de las acciones de una sociedad anónima, estas cuotas no son títulos valores, pero representan un derecho de participación que puede ser vinculado a un token digital para representar propiedad o derechos económicos. El desafío —y la clave de la ingeniería jurídica— reside en utilizar la blockchain no para reemplazar al registro público, sino para dinamizarlo. La tokenización permite transformar activos tradicionalmente ilíquidos en fracciones digitales transables. Veamos dos escenarios que hoy ya son posibles bajo nuestra legislación: Inmueble democratizado: Imaginemos un edificio en Cochabamba valorado en un millón de dólares. Tradicionalmente, solo unos pocos inversores podrían participar. Mediante una S.R.L. tokenizada, la empresa puede emitir tokens que representan fracciones de los derechos económicos derivados de las cuotas de capital. Así, un ciudadano puede invertir montos menores y recibir automáticamente su parte proporcional de los alquileres mediante un smart contract (contrato inteligente), sin necesidad de trámites notariales por cada transferencia de beneficio. Startups y capital de riesgo: Para los emprendedores tecnológicos en Bolivia, levantar capital es un calvario burocrático. Una startup puede tokenizar sus cuotas de capital para atraer «angel investors» globales. En lugar de complejos contratos de inversión que duermen en carpetas, el inversor recibe tokens que representan su participación futura o sus derechos sobre el éxito de la empresa. Esto permite que el talento boliviano reciba financiamiento con la agilidad que el ecosistema global exige, pero con el respaldo de una sociedad constituida legalmente en el país. Para que este modelo sea sólido y oponible ante terceros, la arquitectura jurídica necesita tres condiciones mínimas que hoy son construibles dentro del marco legal boliviano: Constitución con propósito tecnológico: Las nuevas S.R.L. deben inscribirse en el SEPREC con un objeto social que incluya explícitamente la administración de activos digitales y servicios tecnológicos. El Protocolo de Enlace: Es fundamental elevar a escritura pública un reglamento de emisión donde la sociedad vincula sus derechos económicos a una emisión de tokens en una blockchain específica. El token actúa como un certificado digital de derechos. Gobernanza programable: La Ley 164 – Ley General de Telecomunicaciones, Tecnologías de Información y Comunicación – ya otorga validez a los documentos y firmas digitales, para que la distribución de utilidades se gestione de forma automatizada, eliminando esa burocracia que solo añade fricción y costos. La tokenización no es una invitación a la anarquía financiera. Requiere un cumplimiento estricto de las normativas de la ASFI y la UIF para la identificación de beneficiarios finales (KYC). No buscamos el anonimato, buscamos la eficiencia y la transparencia que la inmutabilidad de la blockchain ofrece. Bolivia está lista para transitar de una economía de sellos de goma a una de algoritmos de confianza. Tokenizar una S.R.L. es, en esencia, permitir que el capital boliviano se movilice a la velocidad del bit, manteniendo los pies firmes sobre la seguridad jurídica. La pregunta no es si es posible. Es quien lo hace primero. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews

  • WhatsApp as a Service: ¿El fin de la inflación de aplicaciones?

    Whastapp as a Service Durante años, las empresas latinoamericanas resolvieron sus problemas comprando una nueva app para cada cosa. Una para vender. Otra para agendar. Otra para soporte. Otra para cobrar. Otra para seguir clientes. Otra para mandar recordatorios. El resultado ha sido una inflación de software: más licencias, más paneles, más contraseñas, más capacitación y, muchas veces, más fricción que productividad. Hace poco, el video “WhatsApp Is Eating Up SaaS” planteaba una tesis provocadora pero plausible: en América Latina, mucho software “ligero” no necesitará existir como app independiente; podrá vivir dentro de WhatsApp, con agentes de IA al frente y APIs, workflows y sistemas empresariales detrás. La razón no es filosófica. Es práctica. WhatsApp ya es la interfaz más familiar para millones de personas, y en Sudamérica sigue siendo la red de mensajería dominante. Además, América Latina es cada vez más móvil: Reuters reportó que el 84% de las compras de e-commerce en la región ya se hacen desde smartphones. Si el usuario ya está en el teléfono, ya usa WhatsApp y ya conversa allí con su familia, su comercio y su banco, obligarlo a descargar otra app para tareas simples empieza a parecer un error de diseño, no una estrategia digital. Aquí entran los agentes de IA. Conviene explicarlo sin humo. Un agente no es solo un chatbot que contesta preguntas. Es un sistema que entiende una intención, consulta información, usa herramientas y ejecuta acciones. Si a eso se le suma un LLM —el motor que entiende lenguaje— y un esquema RAG —que le permite consultar documentos y datos reales antes de responder— el resultado ya no es solo una conversación simpática. Es una interfaz operativa. El usuario pregunta por stock, fecha de entrega, pago atrasado, cambio de reserva o estado del pedido, y el agente responde porque está conectado al backend real del negocio. Eso cambia la pregunta estratégica. Antes la pregunta era: “¿Qué software debemos comprar o construir?”. Ahora empieza a ser otra: “¿Qué trabajos del cliente pueden resolverse en el canal donde el cliente ya vive?”. Para soporte, ventas, reservas, educación, cobranzas, seguimiento y comercio conversacional, la respuesta muchas veces será WhatsApp. No es teoría. Empresas como Kapso, Wati, Interakt, Yalo, Adereso y Tiendanube ya están montando distintas versiones de esa apuesta: usar WhatsApp como puerta de entrada y dejar la complejidad en APIs, CRMs, inventarios, pagos y workflows detrás del telón. Ahora bien, decir que WhatsApp se va a “comer” al SaaS no significa que todo SaaS va a desaparecer. Eso sería una exageración. Un ERP, una herramienta financiera compleja o un sistema de analítica profunda no caben completos dentro de un chat. Lo que sí está en riesgo es una gran capa de software de superficie: productos cuyo valor principal era ofrecer un formulario, una bandeja, una secuencia de mensajes o una interfaz sencilla para procesos repetitivos. Ese valor se puede comprimir drásticamente cuando la interfaz deja de ser una app y pasa a ser una conversación. El nuevo valor se mueve al backend: integración, datos, trazabilidad, compliance y diseño de procesos. Pero hay una advertencia seria. Si el futuro del negocio pasa por WhatsApp, también pasa por las reglas de Meta. Y Meta ya demostró que puede mover el arco. Sus cambios de política empujaron fuera del canal a chatbots de propósito general como ChatGPT y Copilot a partir de enero de 2026, mientras Europa le exige mantener condiciones de competencia más abiertas. Dicho brutalmente: si tu empresa construye sobre un canal ajeno, ese canal también puede capturar el valor, cambiar el precio o cerrarte la puerta. A eso se suma la cuestión de privacidad, seguridad y regulación, cada vez más dura en mercados como Brasil. La conclusión no es rechazar WhatsApp. Es usarlo con inteligencia. En América Latina, la ventaja no estará en construir otra app que nadie quiere aprender. Estará en rediseñar servicios para el canal que la gente ya usa todos los días. El software no está desapareciendo; simplemente se está volviendo invisible. Y en ese nuevo escenario, la victoria no será de quien despliegue más pantallas, sino de quien mejor conecte la conversación, los datos y la ejecución real. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • El Estado con Alzheimer: ¿Por qué nos piden lo que ya saben?

    Estado con Alzheimer ¿Cuántas veces nos hemos sentido como simples mensajeros al servicio de una burocracia ciega? Es una escena cotidiana y frustrante: ciudadanos deambulando de una oficina a otra, cargando fólderes amarillos, sacando fotocopias de documentos que el propio Estado emitió y entregando, una y otra vez, información que ya reside en alguna base de datos oficial. Esta práctica no es solo una ineficiencia administrativa; es una injusticia profunda que traslada al individuo la carga de la descoordinación institucional. En Bolivia, hemos naturalizado el rol del «middleware humano». Somos nosotros quienes, con nuestro tiempo y dinero, compensamos la incapacidad técnica y política del Estado para compartir información internamente. Eliminar esta figura no es simplemente una mejora en la gestión; es un acto de dignidad pública. Es el reconocimiento definitivo de que el tiempo del ciudadano es sagrado, que la información pública debe fluir y que el Estado, por fin, debe hacerse responsable de su propia memoria institucional. El diagnóstico es claro: el problema no radica en la falta de portales web o aplicaciones móviles. El verdadero cuello de botella es la ausencia de una interoperabilidad real. Sin ella, la digitalización se reduce a un barniz cosmético. Lo que vemos hoy son formularios en línea que replican la lógica analógica, sistemas aislados que no se hablan entre sí y oficinas que operan como feudos autónomos. El resultado es un espejismo: un Estado digitalizado en apariencia, pero profundamente arcaico en su funcionamiento interno. La interoperabilidad no es un concepto técnico reservado para ingenieros de sistemas. Es la capacidad política y administrativa del Estado para intercambiar, interpretar y reutilizar datos de forma automática y segura. En términos prácticos, significa que, si una institución necesita mi identidad, mi estado civil o mi historial académico, debe consultarlo directamente con la fuente oficial (SEGIP, Registro Civil o Universidades) en lugar de obligarme a llevar un papel sellado que certifique lo que el Estado ya sabe. En el escenario global, países como Estonia han marcado el norte con el principio de «solo una vez» (once-only principle): ninguna entidad pública puede solicitar al ciudadano un dato que ya esté en manos del Estado. Dinamarca ha ido más allá, implementando servicios que se activan automáticamente ante eventos de vida, como el nacimiento de un hijo o la jubilación, eliminando el trámite como concepto. El impacto de esto no es solo métrico; es un generador masivo de confianza institucional. Sin embargo, en nuestra región solemos cometer el error de detenernos en la primera etapa de la transformación digital. Digitalizar un trámite burocrático sin rediseñar el proceso ni interoperar los datos solo traslada la fricción a la pantalla. El ciudadano sigue siendo el integrador del sistema, solo que ahora sufre el error del sistema desde su casa en lugar de hacerlo en una fila física. La burocracia digital, si no es interoperable, es igual de asfixiante que la de papel. El impacto de este cambio es también económico y fiscal. La reducción de la redundancia administrativa libera recursos y aumenta la productividad nacional al devolverle millones de horas hombre a la sociedad civil. Pero el efecto más transformador es cultural. La interoperabilidad redefine el contrato social: pasamos de un Estado que sospecha del ciudadano y le exige pruebas constantes de su existencia, a un sistema inteligente que se pone al servicio de las personas. La verdadera transformación digital no ocurre cuando instalamos redes de alta velocidad o compramos servidores de última generación. Ocurre cuando el ciudadano deja de cargar papeles —sean físicos o archivos PDF adjuntos— para que el engranaje estatal funcione. Mientras no logremos que las instituciones aprendan a escucharse entre sí y a compartir la información que les confiamos, la tecnología seguirá siendo un barniz caro sobre una burocracia que se niega a evolucionar. Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad y deje de usar al ciudadano como su mensajero gratuito. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews

  • El tiempo de los agentes autónomos de inteligencia artificial

    Agentes Autónomos de Inteligencia Artificial Hace no mucho, la inteligencia artificial era, sobre todo, una herramienta de consulta. Uno le hacía una pregunta y la máquina respondía. Útil, sí. Impresionante, también. Pero limitada. Hoy estamos entrando en una nueva etapa: la de los agentes autónomos, sistemas capaces no solo de responder, sino de actuar. Y plataformas como OpenClaw están acelerando esa transición. La diferencia parece sutil, pero no lo es. Un modelo tradicional de IA puede redactar un correo, resumir un documento o sugerir ideas. Un agente autónomo, en cambio, puede abrir el correo, leer mensajes, clasificar prioridades, redactar respuestas, agendar reuniones, actualizar un CRM y ejecutar tareas sin que una persona tenga que ir paso por paso. Ya no hablamos solo de “preguntar”; hablamos de delegar trabajo. Ese salto es enorme. Y probablemente sea una de las transformaciones más importantes que estamos subestimando. OpenClaw representa justamente esa nueva capa tecnológica: una arquitectura abierta que permite conectar modelos de IA con herramientas reales como navegadores, aplicaciones, archivos, flujos de trabajo, sistemas empresariales y canales de mensajería. En términos simples, convierte a la IA en algo más parecido a un asistente operativo que a un simple chatbot. Esto es lo que hace que esta tecnología sea una revolución dentro de la revolución. La primera revolución de la IA generativa fue permitir que una máquina escriba, analice, traduzca o cree contenido. La segunda, que apenas comienza, es permitir que esa misma máquina ejecute procesos completos. Y ahí cambia todo. Porque el verdadero cuello de botella en empresas, gobiernos y organizaciones no suele ser la falta de información. El problema es la fricción operativa: demasiados pasos, demasiadas aplicaciones, demasiadas tareas repetitivas y demasiada dependencia humana para hacer cosas que ya deberían estar automatizadas. Pensemos en algo cotidiano. Hoy, vender un inmueble, atender un reclamo, procesar un trámite o dar seguimiento a un cliente implica abrir varias plataformas, copiar datos, responder mensajes, revisar documentos y coordinar acciones. Es un trabajo fragmentado. Un agente autónomo bien configurado puede unir todo eso en un solo flujo y operar como un “trabajador digital” que no se cansa, no se distrae y está disponible 24/7. Por eso esta tecnología no impactará solo a empresas tecnológicas. También transformará sectores tradicionalmente lentos o manuales como el inmobiliario, la salud, la educación, el comercio, la banca, el sector público y, por supuesto, las telecomunicaciones. En Bolivia, el potencial es enorme precisamente porque gran parte de nuestra economía todavía funciona con baja digitalización real. Tenemos mucha dependencia de WhatsApp, documentos sueltos, procesos manuales y atención poco estructurada. Eso significa que el espacio para mejorar productividad con agentes autónomos es gigantesco. Pero aquí conviene ser honestos: esta tecnología no es magia y tampoco es inocua. Un agente autónomo mal diseñado puede cometer errores, acceder a información sensible, ejecutar acciones indebidas o tomar decisiones fuera de contexto. La pregunta ya no es solo “¿qué puede hacer la IA?”, sino “qué se le debe permitir hacer y bajo qué supervisión”. Ese será uno de los grandes debates de los próximos años: gobernanza, seguridad y responsabilidad. Porque cuando una IA deja de ser un “asistente que sugiere” y se convierte en un “agente que actúa”, el nivel de riesgo cambia por completo. Aun así, el sentido de la historia parece claro. Así como internet conectó información y los smartphones conectaron servicios, los agentes autónomos están empezando a conectar acciones. Tal vez el mayor desafío no sea tecnológico, sino cultural. Delegar trabajo real a una inteligencia artificial implica repensar el control, la responsabilidad y la forma en que entendemos la productividad. Las organizaciones que comiencen hoy ese cambio —con cautela, pero sin miedo— estarán mejor preparadas para un futuro donde la ventaja no será pensar más rápido, sino ejecutar mejor. Porque la inteligencia artificial del mañana no solo responderá preguntas: hará que las cosas pasen. Columna originalmente publicada en eju.tv, rimaypampa, público.bo, IN Noticias, La Razón, Asuntos Centrales, Economy y EnfoqueNews.

  • Blockchain y Smart Contracts: El fin del trámite eterno

    Smart Contracts Hay una escena que cualquier latinoamericano conoce bien. Para hacer un trámite público hay que llenar formularios, presentar fotocopias, sacar certificados, volver a la institución porque falta un sello y, muchas veces, empezar de nuevo porque el sistema “no reconoce” algún documento que el propio Estado emitió. No es mala suerte ni ineficiencia aislada. Es un modelo. El tiempo del ciudadano se consume en filas, ventanillas y procesos que parecen diseñados para no terminar nunca.   Detrás de esa experiencia cotidiana hay una lógica muy antigua. La burocracia nació para administrar información escasa y generar confianza en un mundo analógico. Durante siglos funcionó así. El problema es que seguimos usando esa lógica cuando la información ya no es escasa y la tecnología permite verificarla en segundos. La pregunta incómoda no es si el Estado puede modernizarse, sino por qué no lo hace .   Blockchain y los smart contracts obligan a replantear el funcionamiento del Estado desde la raíz. No se trata de poner trámites en línea ni de digitalizar formularios en PDF. Se trata de abandonar un sistema basado en la verificación permanente y reemplazarlo por reglas digitales que se ejecutan automáticamente.   Hoy gran parte de la burocracia existe porque las instituciones no confían entre sí. Cada entidad guarda su propio registro y exige al ciudadano que pruebe, una y otra vez, lo que el Estado ya sabe —o debería saber—. El ciudadano no es el beneficiario del sistema: es el mensajero.   Blockchain cambia esa lógica. Es una base de datos compartida, distribuida y prácticamente inalterable. La confianza ya no depende de una oficina, un funcionario o un sello, sino de un registro verificable por múltiples actores al mismo tiempo. No es ideología. Es arquitectura digital.   Sobre esa base operan los smart contracts . No son contratos legales tradicionales, sino programas que ejecutan automáticamente una acción cuando se cumple una condición. Si ocurre X, se ejecuta Y . Sin llamadas, sin discrecionalidad, sin “vuelva mañana”. La decisión humana no desaparece, pero se traslada al diseño de la regla, no a su aplicación cotidiana.   Aquí está lo verdaderamente disruptivo. Cuando registros confiables se combinan con reglas automáticas, muchos trámites dejan de existir: la propiedad se transfiere sin intermediarios innecesarios, los títulos se validan en segundos, los pagos públicos se liberan solo cuando una obra cumple condiciones verificables. El funcionario deja de autorizar y pasa a diseñar reglas.   Esto no es ciencia ficción. Países como Estonia y Georgia ya usan estas tecnologías para reducir burocracia, aumentar transparencia y fortalecer la seguridad jurídica. No porque sean tecnológicamente sofisticados, sino porque entendieron algo clave: la confianza institucional no se declama, se diseña .   Estonia ha construido uno de los sistemas de gobierno digital más avanzados del mundo, donde la mayoría de los servicios públicos pueden realizarse en línea y la información del ciudadano se reutiliza entre instituciones. Georgia, por su parte, ha utilizado tecnología blockchain para proteger su registro de tierras, reduciendo disputas sobre propiedad y aumentando la seguridad jurídica.   Entonces, ¿por qué seguimos atrapados en el trámite eterno? Porque el problema ya no es técnico. Es cultural y político. Durante décadas construimos instituciones basadas en la desconfianza, con controles duplicados y procesos pensados para evitar abusos, aun a costa de paralizar al ciudadano.   Blockchain propone otra cosa: sistemas donde las reglas son claras, la información es verificable y la arbitrariedad se reduce por diseño. La tecnología ya está disponible. Lo que falta no es capacidad, es decisión.   La pregunta final es inevitable: ¿estamos dispuestos a eliminar la burocracia que conocemos, o preferimos seguir defendiendo un sistema que obliga al ciudadano a demostrar, una y otra vez, lo que el Estado ya debería saber? Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

  • Pacto Fiscal (Segunda Parte)

    ¿Cómo construimos un pacto fiscal que deje a todos contentos? El éxito o fracaso del Estado autonómico depende de la capacidad imaginativa que tengamos. Lo primero que necesitamos es cambiar de modelo tributario. Los impuestos son recaudados, administrados y fiscalizados por el Servicio de Impuestos Nacionales, a excepción de los impuestos municipales establecidos en la extinta Ley de Participación Popular, por lo que seguimos obedeciendo a una lógica paternalista y centralista. Las Prefecturas y Gobiernos Municipales –hasta ahora- no han realizado ningún esfuerzo para incrementar la captación de los impuestos nacionales. Se propone la aplicación de un modelo de coparticipación tributaria inversa; es decir, de “abajo” hacia “arriba”, que genere esfuerzos fiscales compartidos. Que parta del principio de subsidiariedad y corresponsabilidad fiscal. Que los gobiernos subnacionales realicen esfuerzos para: a) ampliar el fomento de las actividades económicas en base a la vocación productiva de sus respectivas jurisdicciones; b) fomentar la formalización de sectores económicos; y c) incrementar la capacidad de fiscalización tributaria, ampliando la base tributaria y, como consecuencia, las recaudaciones del Estado en su conjunto. Esto significa que cada gobierno de las entidades territoriales autónomas (indígena originaria campesina, municipal y departamental) deberá tener una agencia tributaria interconectada, que establezca un solo Número de Identificación Tributaria para el pago de cualquier obligación fiscal, logrando un efecto de sinergia nunca antes visto, pero además con la facilidad de mayor cantidad de ventanillas de pago para todos los contribuyentes. A partir del nuevo modelo de captación de la renta nacional, de todos los ingresos tributarios nacionales se propone la siguiente distribución: Administración Central 55% Gobiernos Departamentales 20% Gobiernos Municipales e Indígena Originario Campesinos 20% Universidades Públicas 5% La forma de distribución entre los gobiernos subnacionales sería tomando en cuenta cuatro criterios: a) Densidad poblacional b) Pobreza c) Extensión territorial d) Esfuerzo fiscal La densidad poblacional se expresa en la cantidad de habitantes en cada jurisdicción territorial. La pobreza a partir de la fórmula expresada en la Ley 2235 del Diálogo Nacional. Estos recursos deberán ser redistribuidos por Necesidades Básicas Insatisfechas Departamentales; es decir, a los más pobres, más recursos, en un proceso gradual descendente hasta el año 2015 (fecha límite de los Objetivos del Milenio), al cabo del cual se redefinirá su distribución. La extensión territorial es una variable que no se ha tomado en cuenta y que no ha permitido que el país en su conjunto presente un desarrollo equilibrado inter e intradepartamental. El esfuerzo fiscal será medido dividiendo la cantidad de aportantes a las Administradoras de Pensiones (población ocupada formalmente) entre la población económicamente activa de cada jurisdicción. Este implicaría un esfuerzo sin precedentes del Estado a través de sus diferentes gobiernos, para la formalización de la actividad económica en cada jurisdicción. Los gobiernos municipales seguirán administrando los impuestos de dominio municipal, los recursos provenientes del alivio de la deuda (HIPC II) y el Régimen Simplificado -que actualmente representa el 0.1% de los ingresos tributarios nacionales- por su mayor capacidad de registro y fiscalización, pudiendo significar este traspaso un interesante incremento en las rentas municipales. Los gobiernos departamentales seguirán administrando los recursos provenientes de la regalías, cuyo destino deberá ser la diversificación económica para eliminar la dependencia de los recursos naturales.

  • Transformación digital y confianza

    Confianza del Estado y los ciudadanos Cuando se habla de transformación digital, solemos pensar en plataformas, aplicaciones o inteligencia artificial. Pero la verdadera transformación no es tecnológica: es cultural. Y en el centro de esa cultura está la confianza, tanto del Estado hacia los ciudadanos como de los ciudadanos hacia el Estado.   La tecnología no cambia un sistema público si la lógica institucional sigue operando desde la sospecha. Por eso es clave plantear la pregunta de fondo: ¿nuestros procesos están diseñados para facilitar o para desconfiar?   Muchos países que hoy destacan en digitalización partieron de una premisa sencilla: la mayoría de las personas quiere cumplir la ley. Con esa base, construyeron procesos simples, automatizados y casi sin fricción.   Estonia es el ejemplo más citado. Casi todos los trámites son digitales y la declaración de impuestos toma minutos porque el Estado ya dispone e integra la información necesaria. No se exige entregar el mismo documento varias veces; el sistema confía, verifica con tecnología y corrige cuando corresponde.   Dinamarca sigue una lógica similar. Su identidad digital permite interactuar con el Estado de forma segura y eficiente. El éxito no está solo en las herramientas, sino en la confianza institucional que sostiene su uso.   En ambos casos, la tecnología reduce costos porque se construye sobre un principio claro: confiamos primero, auditamos después.   En Bolivia, la lógica institucional suele ser distinta. Muchos trámites parten del supuesto de que el ciudadano podría mentir o intentar sacar ventaja. Y a mayor sospecha, más controles: certificados adicionales, sellos, validaciones cruzadas, copias legalizadas.   Cuando se digitaliza sin cambiar esta mentalidad, la burocracia simplemente se vuelve electrónica. Un trámite antes presencial se convierte en cargar documentos, llenar datos repetidos y esperar aprobaciones manuales. Es burocracia en PDF, no transformación digital.   La desconfianza tiene un costo real. Cada requisito adicional encarece la actividad económica. Cada trámite complejo desincentiva la formalización. En un país que necesita atraer inversión, reducir la informalidad y ampliar la base tributaria, la desconfianza estructural se convierte en un freno.   La confianza, en cambio, reduce costos de transacción y permite ejercer controles más eficientes con menos fricción. La tecnología actual permite monitorear riesgos específicos sin tratar a todos como sospechosos. Y aquí emerge una distinción clave: no es lo mismo usar tecnología para servir al ciudadano que usarla para vigilarlo. Cuando el objetivo es el control, el sistema se vuelve rígido; cuando el objetivo es el servicio, el diseño parte de la experiencia del usuario.   Es necesario evitar que el ciudadano funcione como mensajero del Estado. Si una entidad pública ya tiene mi información, otra no debería pedírmela de nuevo. Eso no es un lujo digital, es eficiencia y respeto.   El cambio real no depende únicamente de invertir en infraestructura tecnológica. Exige una decisión política: pasar de una cultura de sospecha generalizada a una de confianza con verificación inteligente. Significa simplificar procesos antes de digitalizarlos, usar análisis de datos para detectar anomalías específicas y fortalecer la transparencia institucional.   Porque la confianza no es unidireccional. El ciudadano también necesita confiar en el Estado. Publicar datos abiertos, digitalizar compras públicas con verdadera trazabilidad y permitir auditoría social son pasos que fortalecen la legitimidad.   Bolivia tiene hoy una oportunidad tangible: mayor conectividad, crecimiento de pagos digitales y mejores capacidades técnicas. Pero si la transformación digital se limita a crear nuevas plataformas sin revisar la lógica institucional, solo estaremos digitalizando la desconfianza.   La elección es clara: un Estado que trata a cada ciudadano como sospechoso por defecto, o uno que confía primero, supervisa con inteligencia y sanciona cuando corresponde.   La tecnología puede ser el puente hacia un Estado más ágil y eficiente. Pero el cimiento de ese puente no es tecnológico. Es la confianza. Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

  • Principales amenazas de ciberseguridad en 2026

    Durante años, creímos que la ciberseguridad era un problema técnico. Algo que se resolvía con antivirus, contraseñas largas y actualizaciones automáticas. Pero el 2026 marca un cambio incómodo y profundo: las amenazas digitales ya no buscan romper sistemas, buscan convencer personas. Y eso lo cambia todo.   La nueva frontera del engaño ya no está en el código, sino en la psicología humana. En cómo confiamos, reaccionamos y tomamos decisiones frente a una pantalla. Hoy, la tecnología no necesita forzar una puerta si puede lograr que la abramos nosotros mismos.   No es casualidad que hablemos con naturalidad de deepfakes, estafas emocionales y contenido falso. Es la consecuencia directa de una tecnología que avanza más rápido que nuestras reglas sociales. La innovación no esperó a que aprendiéramos a usarla con criterio.   Una de las tendencias más claras hacia 2026 es que la verificación humana se vuelve la nueva norma. Los deepfakes dejaron de ser curiosidades virales para convertirse en herramientas de fraude altamente efectivas: audios que imitan la voz de un familiar, videollamadas falsas de un jefe, perfiles completos manejados por inteligencia artificial.   El problema no es solo técnico. Es cultural. Durante décadas, ver y escuchar fue suficiente para creer. Hoy ya no. El objetivo de estas tecnologías es simple: generar confianza. El peligro es enorme. Si no podemos distinguir entre lo real y lo sintético, la confianza digital se erosiona.   Sin embargo, hay un efecto positivo inesperado. Estamos aprendiendo, a la fuerza, a verificar antes de actuar. A confirmar por otro canal. A desconfiar de lo urgente. No es paranoia. Es adaptación a un nuevo entorno.   Otra tendencia preocupante es el ciclo de la inteligencia artificial consumiendo contenido creado por otras inteligencias artificiales. Cada vez más textos, imágenes y análisis en línea no tienen origen humano. El problema surge cuando ese contenido se recicla sin criterios claros de autenticidad.   El resultado es un internet lleno de información que parece correcta, pero está vacía o distorsionada. No siempre hay mala intención; muchas veces es eficiencia. Pero el riesgo es real: decisiones importantes basadas en datos poco fiables.   Aquí aparece una oportunidad. Así como aprendimos a leer etiquetas nutricionales en los alimentos, vamos a necesitar etiquetas de autenticidad para la información. Saber quién creó un contenido y con qué fuentes será parte de una nueva alfabetización digital.   Las estafas del 2026 no se parecen a los correos mal escritos del pasado. Son sofisticadas, empáticas y adaptativas. Analizan tu tono, tus respuestas y tu estado emocional. Si dudas, ajustan el discurso. Si confías, avanzan. Si estás vulnerable, esperan.   Esto es posible gracias al análisis de sentimientos en tiempo real. El objetivo ya no es atacar a millones esperando que alguien caiga. Es atacar a una persona específica, en el momento exacto.   El peligro es profundo porque explota algo humano: la necesidad de ayuda, conexión o urgencia. Pero también nos obliga a hablar de educación emocional digital. Pausar antes de responder se vuelve una forma de defensa.   Durante mucho tiempo, el navegador fue una ventana pasiva a internet. Hoy es uno de los principales puntos de entrada para el engaño. Sitios falsos casi perfectos y extensiones maliciosas se esconden en la rutina diaria.   La buena noticia es que las herramientas evolucionan. La mala es que ninguna reemplaza el criterio. Por eso, la gran tendencia en seguridad hacia 2026 no es tecnológica, es ciudadana.   No se trata de vivir con miedo, sino con conciencia. Verificar antes de confiar. Dudar antes de compartir. Entender que lo perfecto suele ser artificial. Porque en esta nueva etapa digital, la primera línea de defensa no está en los sistemas, está en las personas. Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

  • De minar Bitcoin a fabricar popularidad

    Granjas de Bots Durante años asumimos que la popularidad en Internet era espontánea. Que los likes eran aplausos reales y que las tendencias reflejaban lo que pensaba la mayoría. Nos acostumbramos a medir la relevancia en números sin preguntarnos de dónde salían. Hasta que Bitcoin nos mostró algo incómodo: incluso en el mundo digital, nada se crea de la nada. Todo requiere infraestructura, energía y escala.   Bitcoin siempre fue considerado el “oro digital”, pero su funcionamiento se apoya en una lógica muy concreta: la competencia . Para que la red sea segura, miles de participantes deben competir resolviendo problemas matemáticos complejos. Quien lo logra valida un bloque de transacciones y recibe una recompensa en bitcoins. Ese mecanismo, conocido como prueba de trabajo, no es elegante ni romántico, es deliberadamente costoso.   Cuanto más caro es atacar el sistema, más segura se vuelve la red. Al comienzo, minar Bitcoin era algo casi artesanal. En 2009 y 2010 bastaba con una computadora personal. Pero esa etapa duró poco: cuando la competencia aumentó, la minería dejó de ser una afición y se convirtió en industria.   Las granjas de bots son la versión “social” de esas granjas de minería. Donde antes se minaban bitcoins, hoy se “minan” likes, seguidores, tendencias y opiniones. Cambia el producto final, pero no la lógica: automatización masiva puesta al servicio de un objetivo concreto.   Una granja de bots es un sistema organizado de cuentas falsas o automatizadas que simulan ser personas reales. Publican, comentan y reaccionan a una escala que ningún grupo humano podría igualar. No hablan porque tengan algo que decir, sino porque alguien las programó para hacerlo.   Lo inquietante es que, desde fuera, muchas veces no se distinguen de nosotros. Usan fotos robadas, biografías creíbles y horarios “humanos”. Algunas incluso cometen errores ortográficos a propósito para parecer auténticas. La tecnología no busca la perfección, busca pasar desapercibida.   ¿Para qué sirve todo esto? Para algo muy simple y poderoso: manipular la percepción . En redes sociales, la popularidad funciona como una señal. Si algo tiene miles de apoyos, asumimos que importa y el algoritmo amplifica su alcance. Las granjas de bots explotan ese atajo mental.   Así se inflan campañas políticas, se destruyen reputaciones, se fabrican escándalos o se convierte un tema irrelevante en tendencia nacional. No hace falta convencer a todo el mundo; basta con crear la ilusión de que “todo el mundo” ya está convencido.   El problema no es menor. Cuando la conversación pública se llena de voces artificiales, la realidad se distorsiona. Personas reales toman decisiones basadas en señales falsas. La desinformación se propaga con mayor rapidez y el debate se degrada, porque discutir con un bot es perder el tiempo, aunque no sepamos que lo es.   También hay un impacto económico poco visible. Empresas pagan publicidad que ningún humano ve. Creadores compiten contra cifras infladas artificialmente. Pequeños proyectos quedan enterrados bajo montañas de interacción falsa. Es un mercado donde la trampa escala mejor que el talento.   Como en la minería de Bitcoin, algunos defienden que la tecnología no es mala en sí misma. Y tienen razón, hasta cierto punto. La automatización masiva tiene usos legítimos: probar sistemas, monitorizar información pública, mejorar servicios. Los bots pueden ser herramientas útiles cuando no intentan engañar.   Pero las granjas de bots, tal como se usan hoy, no buscan eficiencia ni innovación. Buscan manipulación. Su materia prima es nuestra atención y su producto final es una versión adulterada de la realidad.   Lo más preocupante no es que existan, sino que nos estemos acostumbrando a ellas. Que ya no nos sorprenda que una cuenta sin rostro tenga miles de seguidores. Que asumamos que toda tendencia es espontánea. Que midamos el valor de las ideas por su volumen, no por su contenido.   Las plataformas tecnológicas libran una carrera constante para detectarlas y eliminarlas, pero es una batalla desigual. Cada filtro nuevo genera bots más sofisticados. No hay solución definitiva, solo contención.   Por eso, el verdadero antídoto no es técnico, es cultural. Mirar con sospecha lo que parece demasiado popular. Preguntarnos quién gana con ese ruido. Porque detrás de muchos aplausos digitales no hay multitudes: hay máquinas trabajando en silencio. Y no entenderlo hoy no es ingenuidad, es una forma moderna de vulnerabilidad. Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

  • Cuando el Estado te hace perder el tiempo

    Burocracia En América Latina, hacer un trámite sigue siendo una prueba de paciencia, resistencia y, en muchos casos, suerte. Obtener un certificado de nacimiento, registrar una propiedad o pagar una multa debería ser un proceso simple, casi invisible. Sin embargo, para millones de ciudadanos, estas gestiones se convierten en un laberinto de filas interminables, requisitos redundantes y oficinas que no se hablan entre sí. El resultado es un Estado que, en lugar de facilitar la vida, la complica.   Pero hoy, en pleno 2026, cuando la inteligencia artificial, la identidad digital, la interoperabilidad y los pagos electrónicos ya no son promesas futuristas, sino herramientas disponibles, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos atrapados por esta burocracia?   Los datos son contundentes. En promedio, un trámite en la región toma más de cinco horas. En países como Bolivia, puede superar las once. Y no se trata solo del tiempo: uno de cada cuatro trámites exige tres o más interacciones presenciales. Cada visita implica transporte, permisos laborales, costos ocultos y, en demasiados casos, la tentación o presión de pagar un soborno para “agilizar” el proceso.   La burocracia, tal como está diseñada, castiga especialmente a quienes menos tienen. Las personas con menores ingresos —y con menos flexibilidad laboral— son las que menos trámites realizan, incluso cuando estos trámites son la puerta de entrada a derechos básicos como salud, educación o programas sociales. La desigualdad también se expresa en la fila.   Y mientras tanto, el Estado paga caro por mantener este sistema analógico: miles de funcionarios dedicados a tareas manuales, procesos redundantes y archivos en papel que consumen tiempo, dinero y energía.   La primera gran falla es sorprendentemente simple: los gobiernos no saben realmente cómo viven los ciudadanos sus trámites. Pocas instituciones miden la experiencia del usuario, casi ninguna observa directamente cómo se comporta la gente frente a un formulario o una ventanilla, y menos aún ajustan sus procesos en función de esa evidencia.   A esto se suma la complejidad regulatoria. En América Latina, la norma suele ser más importante que la experiencia. Se acumulan requisitos, se multiplican los pasos, se crean barreras “por si acaso”. El resultado es un ecosistema donde el ciudadano se convierte en mensajero entre oficinas que no comparten información, no interoperan y no confían entre sí.   La desconfianza es, de hecho, el corazón del problema. El Estado desconfía del ciudadano. Los directivos desconfían de los funcionarios. Los ciudadanos desconfían entre sí. Y todos desconfían del Estado. En ese círculo vicioso, la burocracia se vuelve un mecanismo de defensa, no de servicio.   La buena noticia es que la tecnología ya ofrece soluciones probadas. Los trámites digitales son más rápidos, más baratos y menos vulnerables a la corrupción. Sin embargo, solo el 7% de los ciudadanos en la región hizo su último trámite en línea. ¿Por qué tan poco?   Porque la digitalización no es solo tecnología: es cultura, diseño, gobernanza y voluntad política. Hoy, las herramientas existen: identidad digital robusta, interoperabilidad entre instituciones, inteligencia artificial para simplificar procesos, pagos electrónicos y billeteras digitales y diseño centrado en el ciudadano.   Un trámite simple puede significar que una madre acceda a un subsidio a tiempo, que un emprendedor formalice su negocio sin perder días de trabajo, que un joven obtenga su título sin peregrinar entre oficinas.   La digitalización no solo reduce costos: restaura la confianza . Cuando el Estado funciona, la ciudadanía cree. Y cuando la ciudadanía cree, la democracia respira.   Pero para lograrlo, debemos abandonar la lógica del “así siempre se ha hecho”. Debemos atrevernos a eliminar trámites innecesarios, automatizar procesos, compartir datos de forma segura y diseñar servicios que respeten el tiempo y la dignidad de las personas.   La tecnología ya está aquí. Lo que falta es la decisión de usarla para construir un Estado más humano, más eficiente y más cercano. Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

  • Educación en tiempo de IA

    Educación en tiempo de IA Durante más de un siglo, las aulas en América Latina han funcionado como líneas de montaje: currículos idénticos, profesores como oráculos inmutables y exámenes que premian la memoria. Ahora, mientras el mundo se adentra en la ‘quinta revolución industrial’, la región arriesga quedarse atrapada en el modelo del ‘Ford T negro’ si no adapta la educación al siglo XXI.   Esto se refleja en aulas donde el profesor sigue siendo el centro absoluto del conocimiento, el currículo es uniforme y la evaluación premia la memoria antes que el pensamiento crítico. Se espera que todos aprendan al mismo ritmo, de la misma forma y con los mismos resultados. La diversidad de talentos, intereses y contextos queda relegada. El mensaje implícito es claro: adaptarse al sistema o quedar fuera de él.   Este enfoque tuvo sentido cuando el objetivo principal era formar mano de obra para industrias repetitivas y jerárquicas. Pero hoy el mercado laboral exige algo distinto. Se necesitan personas capaces de resolver problemas nuevos, trabajar con información incompleta, aprender de manera continua y colaborar con tecnologías avanzadas. El modelo actual no solo no fomenta estas habilidades, sino que muchas veces las inhibe.   Para romper este paradigma, podemos utilizar la inteligencia artificial, convirtiendo esta quinta revolución en una oportunidad, que permita personalizar la enseñanza, adaptarla al ritmo y estilo de cada estudiante, y liberar tiempo para lo verdaderamente importante: pensar, crear y debatir.   La IA puede ayudar a identificar vacíos de conocimiento, proponer rutas de aprendizaje personalizadas y ofrecer retroalimentación inmediata. También puede ser una aliada para los docentes, reduciendo tareas administrativas y permitiéndoles concentrarse en el acompañamiento humano, que sigue siendo irremplazable. Pero para que esto funcione, se necesita un cambio profundo de mentalidad. No basta con poner computadoras en las aulas o usar plataformas digitales si el enfoque pedagógico sigue siendo el mismo.   Esta quinta revolución industrial busca la colaboración entre la máquina y el trabajador, a diferencia de revoluciones anteriores, donde la máquina desplazaba al trabajador. La tecnología puede potenciar las capacidades humanas, no sustituirlas.   Para países como Bolivia, el impacto de usar la IA en la educación puede ser enorme. Si se sigue replicando un modelo educativo industrial del siglo pasado, se perpetúa la dependencia, la baja productividad y la fuga de talento. En cambio, si se apuesta por una educación alineada con la quinta revolución industrial, se abren posibilidades reales de desarrollo. No se trata de competir produciendo más barato, sino de producir mejor, con conocimiento, innovación y valor agregado.   Esto requiere políticas públicas coherentes, inversión sostenida y, sobre todo, valentía para cuestionar lo establecido. Significa aceptar que no todos los estudiantes deben salir “iguales”, y que la diversidad es una fortaleza, no un problema. Significa también formar docentes en nuevas competencias y darles el respaldo necesario para experimentar y adaptarse.   Salir del modelo Ford T negro no es sencillo. El mundo ya cambió. La pregunta no es si la educación debe transformarse, sino cuándo y cómo. Incorporar la inteligencia artificial con una visión humana y estratégica puede ser el primer paso para que la educación deje de producir piezas idénticas y empiece a formar personas capaces de construir su propio camino y, con ello, el desarrollo de sus países.   Apostar por una educación pensada para la quinta revolución industrial, no es un lujo ni una moda: es un acto de responsabilidad con la próxima generación y, sobre todo, con el futuro que todavía estamos a tiempo de cambiar. Columna originalmente publicada en eju.tv , rimaypampa , público.bo , IN Noticias , La Razón , Asuntos Centrales , Econom y y EnfoqueNews .

Gamal Serhan

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